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Eric Clapton: un grande que atravesó y salió del infierno de las drogas

7 noviembre 2018 Actualidad Social


“¡No quiero a los jodidos negratas viviendo a mi lado con sus costumbres. Esto es Gran Bretaña, un país blanco! ¿Qué nos está pasando, por Dios?” Es difícil imaginar al guitarrista más prodigioso y elegante que produjo la irrepetible década musical de los 60 en Reino Unido soltando esas barbaridades por su boca, empapado en alcohol y drogas. Pero también ese episodio forma parte de la historia de Eric ClaptonSlowhand (Mano lenta). Ocurrió en 1976, en Birmingham, durante un concierto. Ese exabrupto, y la terrible muerte de su hijo, a los cuatro años, al caer desde un apartamento en Nueva York, fueron los dos momentos de epifanía de Clapton. Probablemente le hicieron mejor persona. Difícilmente mejor músico, porque para entonces ya había alcanzado la categoría de Dios. “Clapton es Dios”, la pintada anónima que apareció en 1967 por las paredes de Londres, era por entonces una obviedad. El muchacho atormentado del pequeño pueblo de Ripley, en el condado inglés de Surrey, ya había abandonado por entonces su primera banda de éxito, The Yardbirds, y acababa de fundar otro grupo musical legendario, Cream.

El escritor Philip Norman, uno de los mayores expertos en la música británica de esa década y autor de las biografías de John Lennon, Paul McCartney o Mick Jagger, acaba de publicar Slowhand: The life and music of Eric Clapton (Manolenta: la vida y la música de Eric Clapton) (Ed. Weidenfeld and Nicolson), y según la mayoría de críticos ha conseguido reflejar con sutileza las contrariedades, vilezas, rasgos de bondad y sobre todo la brillantez del guitarrista más dotado de su generación. El único capaz de codearse, como autor y músico de estudio, con gigantes como The Beatles o The Rolling Stones.

Clásicos como Sunshine Of Your Love,con esos primeros acordes que ningún adolescente con guitarra ha dejado de intentar, o Laylala canción de amor que dedicó a la mujer de George Harrison, Patty Boyd, han ido consolidándose como obras maestras que han subido a Clapton a los altares. Y son la señal de todo lo que pudo haber llegado después si el guitarrista no hubiera caído en el pozo del alcohol y las drogas. Ambas fueron compuestas antes de 1971, en los años previos a que Clapton y su entonces novia, Alice Ormsby-Gore, se aislaran en un piso de Surrey durante tres años de infierno en los que esnifaban la heroína con billetes enrollados de 50 libras que arrojaban luego a la basura. Solo amigos como Pete Townshend, el líder de The Who, acudían a visitarles para prestarles algún cuidado, y muchas veces eran recibidos con cajas destempladas.

Norman ha logrado retratar con detalle y equilibrio al hombre introvertido e inseguro, que creció con una abuela que le hizo creer que era su madre —su madre biológica le dejó a su cuidado y se fue a vivir a Canadá— y cuyas tres únicas obsesiones eran tocar la guitarra como nadie lo había hecho antes, acostarse con el mayor número posible de mujeres y vestir las ropas más caras y glamourosas que le permitiera su bolsillo.

Pattie Boyd, quien ha hablado con el autor, surge en la biografía como uno de los personajes más dignos de toda una historia de personajes atormentados y excesivos. En ella se inspiraron el exBeatle Harrison y Clapton para componer Something y Layla, dos de las más bellas canciones de amor escritas. A los dos los sufrió y aguantó. Harrison, a pesar de su espiritualidad y veganismo, vivía igual de obsesionado por el sexo opuesto. Encaprichado con la hermana de Pattie, Paula, dejó que su entonces mujer se acercara a Clapton solo como una vía para deshacerse de ella. Y así fue como el guitarrista pudo por fin juntarse con su amor platónico. “La canción Layla me conquistó, al ver que habían sacado de mí tanta pasión y creatividad”, confiesa Boyd en el libro. También Clapton, después de casarse con ella, la abandonó de malas maneras por la modelo Jenny McLean. Nunca abandonó del todo su primera y única pasión, el blues, y tuvo luego una larga redención acompañada de premios y reconocimientos. La tragedia de su hijo, reflejada en la balada Tears in Heaven, humanizó finalmente del modo más desgraciado posible al dios Clapton.

Fuente:ElPaís
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