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Hay mayor sensibilidad ante los sismos, tras el terremoto en Ecuador

15 abril 2019 Actualidad


Por Xavier Ramos – Ricardo Zambrano

Los temblores, que se han registrado en las últimas semanas en Santa Elena, incluido un movimiento de 6,3 grados en la escala de Ritcher, han demostrado la alta actividad sísmica que tiene el Ecuador.

El país está ubicado sobre el choque de dos placas tectónicas: la Nazca y la Sudamericana, fenómeno natural que provoca la mayoría de los sismos.

La placa Nazca se mete bajo el continente”, dice Alexandra Alvarado, investigadora del Instituto Geofísico (IG) de la Escuela Politécnica Nacional.

La experta afirma que el pasado sismo de Salinas tuvo el mismo origen del registrado el 16 de abril de 2016 (de 7,8 grados) cuyo epicentro fue en Pedernales, Manabí.

Aunque en la Península no son frecuentes los sismos de grandes intensidades, sí existen registros históricos de temblores en la zona y, según Alvarado, esto responde a un proceso normal de liberación de energía.

Sin embargo, la especialista indica que, probablemente, luego del terremoto de Pedernales se generó mucha fuerza que se distribuyó en todo el Ecuador.

Por eso ha habido una tasa de sismicidad mayor y esto es en cierta forma natural porque relajó mucha energía en esa época y esta (ahora) se concentra en otros puntos que tenían una carga importante y se vuelven a romper“, indica.

Según las cifras más actualizadas del IG, entre 2016 y 2017 se registraron 12.049 sismos en todo el territorio nacional.

Debido al terremoto de 7,8 y sus posteriores réplicas (4.976 hasta el 23 noviembre pasado), el 2016 fue el año más sísmico desde el 2000. “Los datos recopilados muestran que la alteración que sufrió la región después del terremoto del 2016 aún se mantiene y es previsible que haya sismos en otros lugares”, advierte Alvarado.

Desde el 2014 ya se evidenciaba un incremento de la actividad sísmica, pero los científicos del IG afirman que eso responde a que se mejoró la capacidad de detectarlos. “No hay relación entre el número de sismos y la presencia de uno mayor. Al contrario, mientras más (sismos) haya, hay descarga de esta acumulación de energía y tendríamos menos probabilidades“, indica Hugo Yépez, también investigador del IG.

Alvarado revela que la entidad ha recopilado información que determina la acumulación de energía en las placas en la zona de Esmeraldas, donde no se registra un gran sismo desde el 19 de enero de 1958 cuando hubo uno de 7,7 grados.

Los estudios indican que en la franja costera desde Bahía de Caráquez hasta el límite con Colombia hay tres segmentos de acumulación de energía.

La del sur Jama-Pedernales ya liberó con el terremoto del 2016 tras 74 años de acumulación, ya que el último sismo fue en mayo de 1942, dice Yépez.

El otro segmento va desde Punta Galeras, en el sur de la provincia de Esmeraldas, hasta la desembocadura del río Verde y el último está más al norte y llega a Tumaco, en Colombia.

En ambos segmentos persiste aún la ocurrencia. “Ya son 61 años de acumulación de energía (en Esmeraldas) lo que implica que hay la suficiente capacidad para disparar terremotos importantes“, indica.

El último terremoto en el tercer segmento fue hace 40 años, el 12 de diciembre de 1979, por lo que hay menos peligro.

Por esto las autoridades del Servicio Nacional de Gestión de Riesgos y Emergencias no estarán el próximo 16 de abril en Manabí. Irán a Esmeraldas, dice Leonardo Espinosa, subdirector de la entidad: “Hay un silencio sísmico en esta parte norte (de la costa del país)”.

Los científicos del IG explicarán a los alcaldes electos estas investigaciones: “El fin es trabajar con los municipios en una agenda de labores para cuatro años porque donde puede pasar algo muy fuerte es en Esmeraldas”, dice Espinosa.

Como parte de la preparación por la posibilidad de un terremoto en esa área, agrega, se creó en Atacames la Agenda de Reducción de Riesgos. En Muisne hay un plan de rehabilitación y el Instituto de Investigación para el Desarrollo de Francia realiza estudios en la ciudad de Esmeraldas.

Además, menciona Espinosa, el año pasado se firmó un convenio con el Ministerio de Recursos Naturales No Renovables para crear un plan de respuesta y proteger a la infraestructura petrolera.

Hicimos un simulacro en la refinería de Esmeraldas meses atrás y en esa provincia y Manabí hay un sistema de alerta temprana ante tsunamis, que estamos implementando en Santa Elena, Guayas y El Oro con una inversión de $ 13 millones“, revela.

Para Carlos Martillo, investigador de Geología Marina y Costera de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol), los ecuatorianos deben aprender a convivir con la alta sismicidad como lo logró 

En ese país la gente sabe qué hacer ante un sismo, tienen protocolos para las construcciones y a eso debemos llegar. (…) Pero esto no solo es de autoridades porque se pueden dictar protocolos para construir, pero si la gente sigue construyendo casas con bases delgadas y de tres pisos, pues habrá daños”, señala.

El especialista sostiene que en las ciudades del país se deben realizar estudios del tipo de suelo para poder identificar las áreas más vulnerables. “Hacer una sectorización sísmica. (…) Si el suelo es rocoso habrá menos afectación que uno que fue rellenado sobre el mangle“.

Yépez también concuerda en que no es posible para la ciencia predecir con exactitud cuándo ocurrirá un terremoto. Pero una de las maneras de establecer si pasará está basada en lo que se conoce como el cálculo probabilístico del peligro. Antes del terremoto de Pedernales, el análisis registraba un mayor peligro en Portoviejo: “Había una posibilidad de que las aceleraciones de cuanto se mueva la tierra lleguen a un 50% o más de la aceleración de la gravedad“, dice.

Fue una idea de la magnitud del sismo del 16 de abril de 2016, que generó una aceleración del 40% del valor de la gravedad. “En ese aspecto no constituyó una gran sorpresa. Como es un cálculo probabilístico, no dice lo que va a pasar, sino cuáles son las posibilidades de que un determinado valor sea excedido en una ventana de tiempo”.

La preocupación del IG pasa por las lecciones no aprendidas tras el terremoto del 2016 por la fragilidad de la construcción.

Un estudio realizado en Portoviejo indica que las casas de uno o dos pisos, las cuales en su mayoría son precarias y fueron levantadas de formas más informales, tuvieron un mejor desempeño que las edificaciones de 4 o 5 pisos y más que en teoría se construyeron de manera formal con los permisos respectivos. “Los códigos de la construcción no están adecuados a la realidad sísmica del país y a pesar de ser mandatarios no tienen una aplicación efectiva”, concluye Yépez.

Lo más grave, amplía, es que el Estado como tal no ha hecho ningún esfuerzo por entender el efecto del terremoto en esos edificios. “No hay una revisión del Código de la Construcción, no se permitió hacer una ingeniería forense para entender los daños y subsanarlos”. 

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