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Julio César Trujillo

20 mayo 2019 Actualidad


En los años setenta se había producido una escisión en el vetusto Partido Conservador. Julio César Trujillo lideraba la fracción progresista. Necesario entender que se era conservador por ser católico. Se había formado en los valores de la doctrina social de la Iglesia. Su origen no acomodado y la sensibilidad por los problemas sociales lo moldearon en la crítica al liberalismo capitalista, reprochando a una oligarquía codiciosa. Radical en su concepción de la democracia, pero ajeno al resentimiento social y revanchismo propio de los populistas. Siendo líder del denominado Partido Conservador Progresista se fusionó con la Democracia Cristiana, liderada por Osvaldo Hurtado, fundando juntos la Democracia Popular.

Tenía ya experiencia parlamentaria, pues había sido miembro de la Asamblea Constituyente de 1967. Perseguido y preso por la dictadura militar, fue confinado y experimentó la triste soledad del exilio. Batalló por el retorno a la democracia, promoviendo el sí por la nueva Constitución que se aprobaría en el referéndum del 15 de enero de 1978.

Su liderazgo fue clave para la conformación de la alianza entre CFP y la DP, que llevó a la presidencia al binomio Jaime Roldós Aguilera y Osvaldo Hurtado Larrea. Asaad Bucaram le había propuesto la vicepresidencia, pero prefirió cederla a Osvaldo Hurtado y optó por un escaño parlamentario.

En el seno de la Democracia Popular era un político de envidiable energía e inagotable capacidad de trabajo. Perseverante y responsable, disciplinado y ávido lector. Respetado catedrático de la Universidad Católica, especializado en derecho laboral. Su ejercicio profesional lo inclinó hacia la defensa de los más débiles. Su brillante formación jurídica y doctrinaria le habría permitido, de manera legítima, lograr abundantes honorarios y alardear comodidad y riqueza. Pero prefirió servir a los postergados y mantener una vida sobria, austera y sencilla. Su opción preferencial por los pobres marcó su vida profesional y su actividad política.

Julio César Trujillo, al igual que todos, no fue infalible y cometió errores. Pero sin duda constituye uno de los pocos casos del político que concibió su vocación como entrega hacia los demás. Virtud infrecuente en la década de quienes decían tener las manos limpias, las mentes lúcidas y los corazones ardientes. Pura palabrería y retórica. Disfraz de la impudicia de los maleantes.

En el último capítulo de su testimonio de vida, gracias a su formidable probidad y prestigio, presidió el CPCCS-t, donde desmontó parte del aparataje de supremacía del régimen autoritario. Sin su liderazgo y empuje, la transición de la dictadura a la democracia habría sido más difícil aún de la que viene siendo hasta ahora.

Un homenaje a Julio César Trujillo. Ejemplo de integridad y de profundas convicciones cristianas. En él se funde el testimonio de la autenticidad y coherencia entre lo que se piensa, se dice y se hace. Nunca simuló ni actuó con doblez, menos utilizó el lenguaje de la procacidad y las adjetivaciones. Le dolía el dolor de los pobres. Su memoria evocará al hombre ponderado pero firme en sus convicciones. Digno, auténtico y recto. Hasta sus 88 años luchó contra los corrompidos. Por eso fue aborrecido por los malandrines y respetado por los ciudadanos honestos. Libró su última batalla frente al derrame cerebral que sufrió. Su vida física se ha extinguido. Sentimos dolor y respeto. Sin embargo, esa vida brilla, irradia e inspira. (O)

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