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La Conaie tendió una trampa a Freddy Paredes

12 octubre 2019 uncategorized


A Freddy Paredes no había cómo perdonarlo y no lo perdonaron. Poco antes de que un cobarde haya intentado asesinarlo por la espalda golpeándolo con una piedra, el periodista de Teleamazonas había cometido el sacrilegio de haber sido lo suficientemente honesto y valiente para salirse del libreto que le habían impuesto sus captores, los dirigentes de la Conaie. Éstos querían que diga, ante la muchedumbre enardecida y a través de los medios que estaban en el Ágora de la Casa de la Cultura, que no estaba retenido a la fuerza y que si antes no había reproducido fielmente la versión de la dirigencia indígena sobre lo ocurrido durante las protestas era porque el medio en el que trabaja no se lo permitía. Paredes, a pesar del entorno amenazante y violento, fue el único periodista que se salió del libreto y dijo la verdad: que había llegado al lugar por su propia voluntad y que luego ya no se le permitía salir. En definitiva, Paredes dijo exactamente lo contrario que lo que sus captores esperaban que diga: que no estaba secuestrado. Ese momento había firmado su sentencia, que bien pudo ser de muerte.

Minutos más tarde, luego de que los indígenas que los habían secuestrado permitieron que un grupo de periodistas salieran de la Casa de la Cultura, Paredes era acosado, insultado y vejado por un grupo de agitadores que no estaban dispuestos a perdonarlo por lo que había hecho. Finalmente, era el que había arruinado el show.

En realidad, Paredes y otros periodistas habían sido víctimas de una siniestra trampa la mañana de jueves 10 de octubre. Habían sido llamados a una rueda de prensa de la dirigencia de la Conaie y, cuando ésta concluyó, fueron obligados a permanecer en el recinto. Algunos de ellos, fueron forzados a decir, a través de los equipos de amplificación instalados en el lugar y en vivo por los medios de comunicación que estaban ahí, que no estaban secuestrados, sino que todo lo hacían por su compromiso con la causa indígena. Es decir, a negar lo que todos estaban viendo. Todos lo hicieron, unos pocos aterrorizados por el entorno de sorda violencia y otros quizá por simpatías con el movimiento indígena.

Ese fue quizá uno de los momentos más tristes en la historia reciente de la prensa ecuatoriana, sin contar con el asesinato del equipo periodístico de El Comercio en la frontera con Colombia. Los periodistas, muchos de ellos visiblemente aterrados con lo que ocurría, lanzaron loas al movimiento indígena y trataron, algunos en tono rastrero, identificarse con las reivindicaciones de la multitud que los abucheaba. Era como una de esas ceremonias que se ven en las películas sobre la Roma antigua en las que la multitud decide sobre la vida de un luchador alzando o bajando el pulgar. Si no hubiera sido por el significado profundamente trágico de lo que ocurría en el escenario, la escena bien podía haber sido parte de una ópera bufa. Uno de los periodistas incluso ensayó, evidentemente movido por el pánico, a animar al gentío con ese manido recurso de ¿cuál es la mesa que más aplaude?, que se usa en ciertas fiestas. “¿Dónde está Tungurahua? ¿Dónde está Imbabura? A más de ser de Ecuavisa, yo soy ecuatoriano, yo soy de esta patria”, exclamó Álex Cevallos de Ecuavisa. Y como si estuviera pidiendo perdón, remató con una suerte de súplica: “y si quieren matarme, mátenme”. Otro de los periodistas trató de congraciarse con la muchedumbre afirmando ser de un grupo de personas “satisfechas porque somos del pueblo, porque venimos de una familia humilde”. Luego intervinieron algunos de los llamados reporteros comunitarios que no solo alabaron la movilización indígena, sino que hicieron méritos para presentarse como auténticos periodistas al servicio del pueblo y de los pobres, no como aquellos otros que cumplen con las agendas de los empresarios y el Fondo Monetario Internacional. A esas horas, el objetivo era claro: obligar a los reporteros a hacer un acto de contrición para demostrar la perfidia de la prensa: todo un guión profundamente correísta.

Freddy Paredes no hizo lo mismo que sus aterrorizados colegas y aseguró que tenía que volver a trabajar en su canal. Algún comedido, que estaba cerca del escenario, dijo que no era necesario que saliese a hacer su trabajo en Teleamazonas porque eso bien podía hacerlo su editor. Y así fue como Paredes fue “invitado” por el presidente de los indígenas de Cotopaxi, Leónidas Iza, que hacía el papel de policía bueno durante el denigrante espectáculo.

Lo que se hizo con la prensa calzaba a la perfección en el esquema que el aparato correísta había trazado en redes sociales durante las semanas anteriores a las protestas indígenas: el castigo a la prensa y a los periodistas por no haber sido incondicionales a su causa. Los vamos-por-tí-periodista-corrupto o los ahora-vas-a-ver-rata-miserable que los troles correístas estaban enviando casi a diario a muchos periodistas por redes sociales, las semanas previas, empezaron a cobrar sentido de forma pavorosa ahí en vivo y en directo.


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